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martes, 28 de junio de 2016

Fragmentos.

¿Cuantas veces hemos creído que nos romperíamos en pedazos? Nos hemos visto esparcidos por el suelo, prescindiendo de trocitos diminutos cada vez que nos recomponemos, perdiendo parte de lo que somos para ser alguien ligeramente diferente. Y así vamos cambiando, evolucionado, intentando no desprendernos de más partes.
En todo este proceso siempre aparece gente que quiere arreglarte, que te asegura que te arreglará, pero en vez de eso arranca trozos que no querrías haber perdido. He llegado a la conclusión de que no necesito ni quiero que me arreglen, pues esos pedazos desmenuzados, con grietas, que ya apenas encajan es lo que me hacen ser yo e intentar cambiarlo sería crear una persona. Así que no, muchas gracias al pegamento, encontraré la manera de ser feliz abrazando los fragmentos de la persona que un día fui.

                                                                                                                         Kath. B.

domingo, 26 de junio de 2016

Tic tac.

Tic tac, tic tac, tic tac, la noche lo amplifica todo, lo que durante el día parece no existir, al anochecer lo ocupa todo. El reloj no me deja pensar, que tampoco quiero hacerlo, la noche confunde, distorsiona, magnifica... Durante la noche relucen los miedos, inseguridades, como las estrellas que necesitan de la oscuridad para brillar.
Tic tac, tic tac, ves las horas pasar con la mirada perdida en lo infinito del techo. Recuerdos olvidados y frases mal dichas forman torbellinos que arrasan con la calma, que aceleran el pulso, que entrecortan el aliento.
Tic tac, tic tac, la sal moja la almohada, los puños agarran con frustración las sabanas y los gritos arden en el fondo de la garganta queriendo salir a toda costa.
Tic tac, tic tac, morfeo te abandona y no ves el momento  en el que este mundo desaparezca para encontrar otro nuevo, en el que liberarse de todo lo que nos quita el sueño en este.



                                                                                                                        Kath. B.

viernes, 24 de junio de 2016

Redoble.

Para qué describir lo que hay al rededor cuando es lo que menos importa. El leve roce de una nariz contra otra, la mirada que viaja de los ojos a la boca, las manos temblorosas que buscan otra piel. Los segundos se estiran hasta volverse insoportables. Las bocas entreabiertas se gritan a suspiros y los ojos se cierran para centrarse en un único sentido. Pero ese beso no llega, los ojos se abren, las narices se separan y las bocas se cierran. Reaparece el mundo, el silencio ensordece, roto únicamente por el sonido de algo que se rompe por dentro.

                                               Kath.B

Aquarelle.

Montmartre, Paris, febrero. Nubes plomizas amenazan con ahogar a la ciudad y sus habitantes. Unos pocos valientes sacan sus taburetes lienzos y utensilios a la espera de turistas a quienes retratar y, seamos honestos, desplumar.
Jean se sienta en su esquina de siempre, junto a una floristería que cerró ya hace meses, coloca la, ya vieja y desgastada, pero cómoda silla y frente a esta su caballete. Sitúa entre ambos un taburete no demasiado alto, donde se dispone a colocar su más preciado tesoro: sus acuarelas. El joven es plenamente consciente de que su técnica le priva de clientes y ganancias, pues quienes piden ser pintados prefieren tener los resultados cuanto antes, ganando así popularidad el lápiz o el carboncillo. Pero a él no le importa, la infinidad de tonalidades y texturas que puede crear con el pigmento y el agua siempre tendrá prevalencia ante los posibles beneficios.
Tras acomodarse se refugia en su grueso abrigo y se frota las manos con fuerza para intentar alejar el frío que las entumece. Se encaja el basto gorro de lana hasta que le cubre las orejas y casi los ojos y simplemente espera.
Las horas pasan sin novedad, algunas personas se acercan a preguntar los precios y cuanto tardaría en tener lista la obra e, igual que vienen, se van descontentos con alguno de los dos aspectos. Entonces, una joven envuelta en un jersey gris que le llega casi a las rodillas, en unos pantalones negros ajustados que parecen estar intentando retener todo el calor posible, y en una bufanda roja tejida a mano que le cubre hasta la nariz, adornada con un centenar de pecas; comienza a deambular entre los artistas y decide sentarse frente a una chica de pelo azul que tiene las mangas manchadas de tinta china.
Jean la sigue con la vista por el simple hecho de distraerse, ella se acomoda en el inestable asiento y se echa el pelo para atrás. Mientras la retrata con trazos rápidos y ágiles, la dibujante intenta brindarle algo de conversación, pero la modelo no parece entender el idioma y se limita a asentir distraídamente, desviando la vista. Justo cuando el joven va a volver la cabeza hacia otra parte, en busca de alguien nuevo a quien observar, sus miradas coinciden y algo dentro de él cambia. Observa con asombro los ojos verdes de la forastera, como si fuese la primera vez que viese el color en su vida. Siente la necesidad de aprenderlos y memorizarlos, cada mancha azulada, cada destello meloso, todo. En su cabeza ya la ha pintado mil veces, de mil maneras distintas, a cada cual más bella, y ella, por su parte, posa con la más tierna de las miradas. Tras unos breves segundos, que es lo que tarda ella en volver a mirar a su retratista, se desvanece ese universo creado de la nada. Unos minutos después ella se levanta,  paga lo debido, recoge cuidadosamente el lienzo y se marcha sin mirar atrás.

Desde entonces no hay día en el que él no busque entre la gente esa mirada esmeralda manchada de sal, que no la sueñe, que no la piense. En segundos encontró y perdió a su musa y temía no volverla a encontrar jamás. Cuentan los parisinos que Jean ya no acepta clientes, que se sienta en su sitio de siempre a buscar en su paleta el color que iguale a aquellos ojos verdes.

                                                   

                                                                   
                                                                                                                     Kath.B








martes, 22 de marzo de 2016

Spotlight

Galardonada con el Óscar a mejor película en 2016, expone la dramática situación de los abusos de menores por parte de sacerdotes de Boston durante las últimas décadas de siglo XX. La innovación que supone es el enfoque dado por Tom McCarthy, el director, que desentraña los hechos a través del grupo de investigación Spotlight, que pertenece al diario The Boston Globe. Así pues, encontramos una trama en paralelo: La primera es la traumática experiencia que sufrieron muchos niños de manos de estos hombres, cuyo número aumenta hasta la cifra de 87, solo en la ciudad estadounidense en la que se encuentran. Pero, lo que realmente interesa al recién incorporado director del periódico, no es el número en sí, sino la demostración de que desde la archidiócesis se conocían los hechos y no solo no se castigaban, sino que se trasladaba a los sacerdotes a otras parroquias y se presionaba a las familias para que no dijesen nada. Todo esto va más allá cuando algunas familias deciden hablar, llaman a un abogado y se reúnen con un comité de la Iglesia, evitando así los juzgados y evitando que quede rastro alguno de lo ocurrido. Me llama, en gran manera, la atención la separación que varios personajes del film hacen entre la religión y la Iglesia, especialmente la de una de las víctimas que afirma que su fe es eterna, mientras que la Iglesia está formada por hombres, por lo tanto es finita. 

Por otra parte, la segunda trama es el desarrollo de la investigación periodística, un proceso, desde mi punto de vista, adictivo, puesto que a cada declaración, cada recorte, se siente la necesidad de saber más aún, de conocer toda la verdad. Muestra, crudamente, los aspectos negativos de la profesión del periodista, entre ellos la "esclavitud" que supone estar siempre disponible pues las noticias no tienen horarios. Además, es un trabajo contra reloj, las imprentas no esperan y los lectores, mucho menos. Esto supone un cierto aislamiento de los seres queridos, como muestra Michael Rezendes (Mark Ruffalo), un reportero del diario, cuyo matrimonio se va deteriorando debido a su gran implicación en el reportaje. Del mismo modo, he descubierto un nuevo requisito para poder llevar a cabo este oficio: la capacidad de mantener la compostura en todo momento. ¿Por qué? se preguntarán ustedes, porque, tras ver las entrevistas realizadas a las víctimas, he aprendido que nunca sabes lo desgarradora que puede ser una historia hasta que la persona que tienes delante se derrumba. Con todo, sigo afirmando que es un trabajo absolutamente necesario, pues dentro de mil años seguirán ocurriendo hechos que serán noticia y necesitarán de alguien que los recopile, los contraponga y los publique, pues uno de los instintos básicos del hombre es conocer la verdad.

El reparto principal está compuesto por grandes nombres como por ejemplo Michael Keaton que interpreta al editor Robby Robinson, al ya mencionado Mark Ruffalo, Rachel McAdams como Sacha Pfeiffer, otra reportera y Liev Schreiber, entre otros.

En la película, se plantea un problema que actualmente se ve incrementado, la "muerte" de la prensa escrita, internet va ganando terreno, fíjense sino, en dónde están leyendo esto; mientras que los periódicos cada vez ven menos de sus ejemplares en los kioscos. Esto no significa, ni mucho menos, que la prensa vaya a dejar de existir, sino que va a ir mutando hasta quedar solamente en periódicos y revistas digitales. Algunos apoyan esta práctica pues supone una contribución al cese de la deforestación masiva, pero este ya es otro tema.

Volviendo al tema del periodismo, creo necesario comentar la satisfacción final del espectador al vdr publicado el reportaje, que se asemeja a la del propio reportero. Este no busca el reconocimiento, sino la liberación de la verdad.

En el desenlace del film, aparecen las cifras reales de los hechos, pues, como ya se habrían imaginado, esto no es ficción, sino una adaptación a la gran pantalla. Tristemente, ustedes ya sabrán que estos sucesos no se limitaron ni aun lugar concreto, ni a un pasado cerrado.

En conclusión, recomendaría el largometraje, especialmente, a todos aquellos interesados en el periodismo, aunque no sea de prensa, puesto que para mí ha supuesto la reafirmación de la vocación.


Winner of this year’s Oscar for best picture, Spotlight shows the dramatic story of the sexual abuses to children committed by priest in the last half of the 20th century. The innovation is provided by the perspective given by Tom McCarthy, the director, who unravel the facts by a group of investigation called Spotlight which belongs to the Boston Globe. So we find a parallel plot: the first one is the one related to the traumatic experience that many suffered by a number of priest that increases as the investigation goes on, only in Boston. But the real point there is demonstrating that the leaders of the Church knew it and not only didn’t do a thing to stop it, but also provided them another parish and convinced the affected families to keep it in secret. But even when some families spoke up and looked for a lawyer, there was this inside protocol that assured that there was no trail after the process, because no judges were involved, it was an intern proceeding of the Church. I was highly surprised by the differentiation made by some of the characters between religion and Church, a victim’s declaration caught specially my attention, he said that Church was formed by men, so it was finite, but his faith was eternal.

On the other hand, the second plot is the development of a journalistic investigation, from my point of view, an addictive procedure, because of the necessity of knowing more and more with every declaration, every finding. Although the film shows in depth the downsides of the job, such as the “slavery” that it creates since the lack of schedule of the news, as well the constant fight against the clock that ends up in an isolating situation for the journalist. This last aspect is shown by Michael Rezenders (Mark Ruffalo) whose marriage goes through a hard step because of his implication on the report. Further more, I've discovered that you have to be a little bit cold blooded to be a journalist, since some stories told in intervies can be heartbreaking
Despite all that, I keep affirming that is an absolutely necessary work the one done by the journalism, because in a thousand years’ time, there will be facts to be known and they’ll need from someone to collect, compare and publish them, since one of the most primitive instincts of the human being is to get to know the truth.

The main cast is composed by well-known names such as Michael Keaton who plays the editor of the journal, the already mentioned Mark Ruffalo, Rachel McAdams playing Sacha Pfeiffer and Live Schreiber among others.

The film presents a current problem: the “death” of the printed press. Internet is gaining ground, don’t believe me? Take a quick look at where are you reading this, meanwhile, the journals see their printed editions decreasing on the street. This doesn’t mean in no way that press is extinguishing, just mutating little by little until adapt to the virtual world. Many think that this change is beneficial since it contributes to the ending of deforestation, but that is another topic.

Going back to journalism, at the end of the film the audience experiments a great satisfaction when the article is finally published, this one can relate to the journalist’s one. They don’t look for prizes, just for the freedom of truth.

Before the credits run by, the real numbers of these events are shown, because, as you may have already imagined, this is no fiction. Sadly these happenings do not limit to a specific place of finished period of time.

To conclude, I’d recommend this movie, specially to those interested in journalism, because it has meant a reaffirmation of my vocation.